Sobre MUBI: la deliciosa colonización cultural o un negocio mal planteado

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Desde hace algunos años venía codiciando una suscripción a MUBI, una plataforma de visionado de películas por Internet que le apuesta al cine clásico, al documental, a los cortometrajes y a las películas independientes contemporáneas de geografías diversas. Sus boletines semanales me coqueteaban sin tregua, sin embargo, mi capacidad crediticia me impidió caer en sus brazos. Hace algunos días, gracias a un aporte en crowdfunding que realicé (porque por fortuna esos sí se pueden hacer con tarjeta débito), me “gané” una suscripción gratis por treinta días a ese paraíso de la cinefilia y la independencia. Dejé pasar meticulosamente los días para formalizar la suscripción hasta llegar a uno en el que pudiera descualquierarme viendo películas. Pensaba en ese momento con emoción infantil y se me escapaba un suspiro profundo.

Como todo lo esperado, ese día llegó. Ingresé con una precisión ansiosa a la página y empecé a completar la información. Todo marchaba según mis sueños hasta que apareció la misma solicitud mezquina que me había impedido disfrutar antes de los cortometrajes de las últimas ediciones de Cannes: “Ingrese el número de su tarjeta de crédito”. Primera decepción, el estímulo del crowdfunding no era otra cosa que una promesa de venta para la plataforma, en realidad no me había ganado nada, se trataba de los mismos treinta días gratis que me hubieran dado en cualquier otro momento si contara con una tarjeta de crédito. Estuve a punto de cerrar la página y quejarme incansablemente un buen rato. Pero un cómplice con tarjeta plateada  y contagiado de curiosidad me abrazó en mi desconsuelo.

Finalmente ingresé. Los fotogramas de cada película abrían universos maravillosos por descubrir, ciencia ficción rusa, documentales de DokLeipzig, un documental sobre cirqueros vagabundos de Estados Unidos, un largometraje brasilero animado sobre viajes en el tiempo, nombres de realizadores desconocidos por doquier… Un catálogo que cumplía con mis expectativas, acompañado de sinopsis concretas y bellas (un punto menos para Netflix). En esta primera exploración rápidamente comprendí que las películas solo podían visionarse durante ciertos días, pues en cada una se anunciaba “9 días para ver, 18 días para ver”, etc.  MUBI es como una sala de cine por Internet que cuenta con una cartelera que se renueva cada treinta días. Las películas no están disponibles para siempre en ella, sino que modelan sus hermosos fotogramas durante un mes y luego se van. Así que, como los ríos de Heráclito, uno nunca se baña de cine en el mismo MUBI. Esto me pareció lúdico, a veces tener todo ilimitadamente conlleva una inminente desvalorización. Sin embargo, una de las consecuencias de este hecho fue mi segunda decepción: el catálogo de festivales no está disponible para ver, solo se pueden ver las películas que tengan el fuero de estar en cartelera. Las demás sólo provocan con sus sinopsis, muchos títulos en el “catálogo” de antojos de MUBI.

A pesar de estas revelaciones, la emoción no desapareció, abracé con gusto la idea de ver las películas que me habían llamado la atención antes de que su vigencia caducara. El plan, por supuesto, debía empezar con la película a la que le quedaran menos días: The apprentice (6 días para ver). Quería verla por el fotograma de un joven que tiene los ojos cerrados, la boca abierta, con audífonos, en actitud de cantar rock and roll, apretando un palo de escoba y rodeado de vacas, junto a la irresistible categoría “no ficción” que menciona dos veces la sinopsis. Entonces, definitivamente mi primera película en MUBI sería una de no ficción francesa. Ver. A pocos segundos de empezar, llegó mi tercera, y esta sí gran decepción, la película no tenía subtítulos en español. Al principio pensé que se trataba de un error de reproducción, que mi red estaba fallando y que por eso no cargaba completo el menú. Actualicé la página, busqué en las demás películas y ¡era cierto!, ninguna tenía subtítulos en español. Ahí sí, “¿para qué zapatos si no hay casa?”. También exploré las preguntas frecuentes y hasta busqué en Google tutoriales para “sacar los subtítulos en español de MUBI”. Pero solo apareció una (otra) mezquina respuesta de la plataforma, en inglés, por supuesto.

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Currently, MUBI no cuenta con subtítulos en español para casi ninguna película de habla no hispana, aunque venda sin problemas de traducción sus suscripciones en Latinoamérica. Solo algunas películas que han tenido una circulación amplia y previa en países que hablan español cuentan con subtítulos, es decir, películas que ya han pasado por las carteleras tradicionales (“que uno ya vio”). Tuve dos interpretaciones de esta cruda realidad, en primer lugar, hay que aprender inglés porque es el latín de nuestros tiempos, debemos aceptar la colonización cultural y asumir nuestro idioma como de segunda mano, porque para lo importante se habla inglés. Por otro lado, sin embargo, me indigna profundamente que esta plataforma simplemente no ofrece lo que vende, pues para un hablante de español que paga por ver las películas que ellos ofrecen no es posible verlas pues no cuentan con las herramientas básicas para esto. Se trata de un negocio de entretenimiento no de un curso forzado de inglés. Por eso, aunque sean tan atractivos son un mal negocio, sobre todo, uno truculento que no es claro con sus clientes del Tercer Mundo.

Pero no todo es tan malo, la cinefilia supera cualquier obstáculo. Terminé explorando con gusto las películas latinoamericanas y los “clásicos” que ya contaban con subtítulos en español. Lo que trajo a esa noche llena de emociones La cuerda floja (2009)  de Nuria Ibáñez y Las playas de Agnès (2008) de Agnès Varda.  Pero de estos bellos documentales espero poder escribir después. La experiencia con MUBI fue vertiginosa, pasé de una emoción ciega a una perspectiva crítica de su servicio. No obstante, completaré mis treinta días y liberaré la tarjeta plateada de ese negocio confuso. Tal vez, cuando yo tenga tarjeta de crédito, MUBI tendrá subtítulos en español en todas sus películas y, entonces, volveré a dejarme seducir.

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Publicado por Philiangelus

Me invade una sensibilidad torpe e imponente. Siento que todas las raíces me pertenecen, pero no dejo de sentirme extranjera. Por eso sigo buscando: el extravío es mi hoja de ruta. Como lema: amar profundamente, recordando que en la vida, como en la música, cada segundo cuenta, así solo se perciba silencio.

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