Lo humano del atardecer: el Mujica de Kusturica

El Pepe: una vida suprema (2018) es un documental dirigido por Emir Kusturica que presenta al espectador un esbozo de la persona y de la figura política de Pepe Mujica, el expresidente uruguayo. La secuencia inicial del documental parece sugerir una declaración de principios, a partir de un cruce de miradas y sonrisas entre el director y el personaje, en el que lo único que parece importar es una cierta complicidad dada por un atardecer, un mate y un tiempo que parece inmóvil, propicio para la charla.

Es así como el director se muestra a sí mismo con la misma curiosidad, nerviosismo y atención de alguien que visita y que observa, que se sorprende y pregunta. Se ofrece en detalle a Mujica como un ser humano que no le teme a mostrarse completo. Como un hombre viejo con muchas historias, relatos que fundan mitos, héroes, pequeñas hazañas humanas que reconfortan la esperanza.

La visita, la charla y la observación, no obstante, no son el único recurso del documental, se trata también de considerar un contexto mayor y brindar a los espectadores una comprensión más amplia de la trascendencia política de Mujica en el Uruguay y en América Latina. Por eso se acude a registros fílmicos y fotográficos que apoyan las narraciones del personaje, pero sin entrar a fondo en los grandes nombres ni en las movidas gubernamentales, sino exclusivamente en eso que forjó la concepción de vida de Mujica, a saber, su cercanía con la pobreza, la resistencia, la soledad, el amor y la muerte.

En un contexto de violencia y desigualdad como el que se vive en América Latina, la figura de Mujica que logra mostrar el documental es inspiradora de una manera interesante, pues no lo idealiza, ni lo convierte en ejemplo, sino que muestra lo intensa y valiosa que puede llegar a ser una vida de resistencia en las ideas y en el esfuerzo de construir una sociedad mejor a partir de uno mismo, de lo local, de lo que está a la mano. Porque eso que está cerca sí que se puede transformar, por mínimo que resulte a las miradas grandiocuentes de la historia y de la política.

Por esta última razón, por el poder de lo cotidiano, resulta un poco confuso que Kusturica pase por alto la declaración de principios presentada al inicio del documental, para hacer una biografía histórica en la que por momentos se pierde la dimensión del humano para entrar en la frivolidad de la figura pública y la condescendencia popular.

Las historias de amor son las épicas contemporáneas |A propósito de Cold War de Pawel Pawlikowski

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Un hombre apasionado a primera vista por una mujer, por su apariencia, por la manera en que mira, en que mueve los labios, en que calla. Una mujer guiada por un instinto de supervivencia que la lleva a desear el poder, o a los poderosos. Un hombre y una mujer que se encuentran en sus carencias y desenfrenos para enamorarse hasta la muerte. Sin importar las circunstancias, los obstáculos, la Historia que sucede a su alrededor, en cada momento. Una historia de amor, incomprensible y cursi para la época del Tinder. Y, sin embargo, encantadora y hermosa.

Cold War (2018) es una experiencia fílmica estimulante en la que su director vuelve a galantear con una fotografía impecable y sumamente conmovedora. Este manejo de la imagen recuerda el cine clásico que descubrió tantas formas visuales para el lenguaje cinematográfico, es envolvente. Y en esta maestría estética es posible ver el rostro de una Polonia de mediados del siglo XX, que fantaseaba con un comunismo puro y duro, cantos de un sector de la sociedad que desconocían el “corazón del pueblo”. Se agradecen profundamente los momentos dedicados a la música folclórica en esta película, alcanzan un aire de divinidad.

Esta película tan bella, a mi parecer, me hizo pensar que ese amor romántico apasionado y necio parece algo propio de otra época, de otro sistema de valores, de otro orden del mundo. Ahora no se “ama” de esa manera, o no se entiende la obstinación como el amor. Quienes lo creen son vistos como masoquistas, locos, acosadores o machistas. Y estoy de acuerdo, al parecer Romeo y Julieta con todas sus adaptaciones e interpretaciones, que se podrían traducir en el amor imposible, son mitos fundantes de las relaciones contemporáneas, que sin embargo, ya no pueden ser más que eso: leyendas, incluso épicas de otros tiempos.

 

Con las manos arriba

Julio: Encontré esta imagen sobre un retablo que conservo, es la otra mirada de una foto más grande, una que no se puede llevar en la maleta. Esta foto huele a pasado y su textura es porosa, se siente agradable entre los dedos, pero cabe perfecto en el cuaderno, está apretada entre las ideas desordenadas de los escritos que conserva.

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Angie: esta mañana me sorprendió que escogieras esta foto. Primero dijiste que trajéramos al taller de documental la foto grande del retablo, la que recuerdas colgada en el descanso de las escaleras y la que nos ha tenido echando cabeza casi dos años. Pero me alegró sentir que para ti el documental está presente en la cotidianidad, en cada  relación con la creación y la imagen. No sabía, hasta hace algunos minutos, que esta es una perspectiva de la misma pelea del retablo grande, una en la que tu tío ya es definitivamente el ganador. Me hace pensar en si El último rival realmente  de lo que habla más allá de lo literal es de un hombre que en verdad puede vencer a la muerte.

Julio: No racionalicé sobre ello, sólo la escogí y al decir el maestro que hablaran sobre lo externo de la foto, me dí cuenta que estaba apachurrando a personas del pasado, me sorprende la calidad de la foto, pero ¿qué será de la vida de cada uno de los que salen en ella?

Angie: qué gracioso pensar en apachurrar en un cuaderno a personas del pasado. Me haces recordar a una amiga que decía temer a las fotos en blanco y negro porque todos los que salían en ellas ahora están muertos. Pero tu tío no está muerto y aunque ahora tal vez por el bastón no pueda levantar los brazos, parece seguir con esa actitud victoriosa ante la vida. Quizá permanezca así, incluso cuando el cuerpo en el piso sea el de él mismo.

Julio: Si, puede ser así.

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Angie: justo buscando algo universal que conecte a otros con la historia de tu tío aparece esta imagen de arte rupestre y con ella la idea de la necesidad casi biológica de ser recordados, como una estrategia para soportar la finitud.

Julio: A mí me pareció un rinoceronte, después por el detalle vi las figuras y pienso sobre la extinción de un deporte, o nuestro “arte rupestre”, mejor dicho. ¿ Será que cuando venga una raza de alienígenas habrá nuevos deportes?

Angie: tal vez sí, el ocio es la muestra más fiel de nuestra humanidad, porque cuando ya tenemos cubiertas las necesidades podemos simplemente divertirnos. Aunque en el caso del boxeo es la necesidad la que impulsa al ocio y… bueno tal vez darse golpes no sea propiamente un expresión del ocio. Me hacen confundir los alienígenas… Ahora que te entiendo, ¿cuándo vendrá esa nueva raza? ¿Acaso no dicen los “teóricos de los antiguos astronautas” que ya vinieron hace cientos de años?

Sal para curar las heridas, sobre la última película de William Vega

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“No conoces las distancias y te atreves a medirlas”

Lunes, función de 4:00 p.m., Teatro Embajador, Cine Colombia, siete personas en la sala dispuestas a ver una película que promete en su cartel desierto, motocicleta, un camino incierto y un hombre con un rostro por descubrir. En la entrada de la sala no se encontraba el cartel de Sal sino de Ready player one, la última entrega de Spilberg, una confusión inicial un tanto irrespetuosa con la película y sus espectadores, la primera de varias fallas en la proyección.

Amalia la secretaria Verano 1993 (a pesar de sus fallas de subtitulación) se impusieron como las películas más atractivas de los próximos estrenos. El cortometraje nacional brilló por su ausencia. La pantalla se recogió ligeramente en medio de la sala oscura para ajustarse al formato 2.35 de la reciente película de William Vega (director de La sirga, 2012), producida por Contravía Films, una casa de producción caleña que se suma a los valientes realizadores de cine colombiano de esta última época, en coproducción con Ciné-Sud Promotion.

El universo de la película es sobrecogedor, la promesa del desierto manifiesta en el cartel se cumple con la cabalidad de una fotografía no solo hermosa sino acertada, que galantea con el lenguaje cinematográfico a la par que con la técnica de una luz compleja. Vale la pena resaltar el trabajo de David Gallego como director de fotografía, quien ha forjado una experiencia notable en películas como El abrazo de la serpiente (2015), Siete cabezas (2017) y la esperada Pájaros de verano (2018). El desierto en este formato amplio propio de las películas del oeste, se muestra como un lugar abrasador  que condiciona la vida de los personajes, que se impone por su exuberancia pero que resulta claustrofóbico, a fuerza de acaparar los destinos de los personajes. Un bello espacio del que urge huir para no oxidarse como todo lo que habita allí.

El óxido es otro elemento visual y narrativo que permea la experiencia de la película, se encuentra en todo lo que no es nativo del desierto como una adaptación forzosa a la hostilidad del lugar. Lo que se queda se oxida y es tal vez por esta razón que entre sus personajes hay una necesidad de salir y en otros una aceptación del óxido en sí mismos. La factura lograda en el arte de la película también es un elemento destacable, bajo la dirección de Marcela Gómez Montoya (Gente de bien, La tierra y la sombra, La defensa del dragón, entre muchas otras), cada elemento del universo resulta de una pertinencia precisa, nada sobra ni parece puesto, todo pertenece a la cotidianidad insólita de tres personajes que viven en el desierto.

Y vivir en el desierto es tal vez el encuentro con las emociones más profundas de la película, habitar la aridez resulta una condición para germinar una sabiduría profunda o una alienación absoluta de los deseos propios. En la película se muestra más lo primero que lo segundo, el protagonista viaja con un deseo desesperado de conocer a su papá y en ese periplo el desierto lo obliga a parar, a pensar, a confrontarse. El desenfado se convierte, gracias a los seres oxidados del desierto, en preguntas, en nuevas sensaciones. Sin las pretensiones de los libros de Carlos Castaneda, se podría decir que Sal  es un encuentro con sabidurías ancestrales, primitivas. Curarse las heridas con sal y comer cactus para sobrevivir: dos hechos que cada espectador puede interpretar a su gusto y según sus preferencias poéticas. En esta construcción del espacio, de la relación del ser humano con la naturaleza, se encuentran Sal La sirga, como apuestas  reconocibles de lo que empieza a ser la obra de William Vega.

El universo de la película está cimentado en hechos que abren la puerta a la sensibilidad desnuda de lo que son, por ejemplo, el mar que alguna vez llenó el desierto o el desierto que alguna vez fue mar, la inmensidad de la aridez y la inmensidad de la humedad, condiciones poéticas de la existencia. En este sentido, vale la pena destacar que el guion tiene una belleza potente, que no pretende la poesía sino la vida misma, profunda en su hostilidad o su sencillez. La promesa de aventura que expresa el cartel se cumple en esta experiencia sensible del desierto como lo desconocido que resulta fascinante pero sobrecogedor.

Algunos fragmentos de los diálogos se dicen en chino, son extraños pero bellos. Lamentablemente, los subtítulos quedaban cortados en la pantalla, lo que obligaba a reconstruir algunas palabras en la imaginación, otra triste falla en la proyección. Así como las terriblemente oscuras escenas de noche, que se intuyen impuestas a la película, a fuerza de un proyector que no era el adecuado.

A pesar de todo, la película ofrece un universo estético  fascinante, unos personajes que revelan mucho de sí mismos sin descubrirse por completo el rostro y una historia que lamentablemente no llega a conmover o a impactar de la manera en que merece, pues el motivo del protagonista no termina de consolidarse para el espectador, lo que dificulta la empatía. Esta en cambio, se despierta mucho más fácil con los personajes secundarios, que tienen una motivación más clara: sobrevivir.

Tal vez esta dificultad en la empatía, que es imposible determinar del todo, explica el grito de una de las siete espectadoras al salir de la sala: “Me siento robada, qué película tan mala”, mientras yo seguía un poco untada de óxido, de arena y de sal.

 

 

 

Reconstruir la dignidad con poesía: Ayer terminará mañana de Santiago Sepúlveda

ayer-terminarc3a1-mac3b1ana.jpgHace un poco más de veinticuatro horas terminé de leer la primera novela de un escritor bogotano que se arriesgó a tratar ese espinoso, poético y casi desconocido episodio de la Conquista en Colombia: el suicidio colectivo de algunas tribus indígenas que se rebelaron ante la espada española. Resulta potente retomar este hecho desde la ficción, desde una narrativa fragmentaria y diversa como el mestizaje, y que así como este, vuelve a una raíz común. Los protagonistas, cuatro en total, que parecen estar en tiempos diferentes, y que de hecho se cuentan en tiempos verbales diferentes, son parte de un mismo espectro emocional, de una misma huida, de una misma búsqueda de dignidad, de un mismo territorio que los identifica al punto de hacerlos una misma persona. Bella metáfora de lo que interpreto como la búsqueda de identidad que se hereda al conocer la historia de este país, ¿quiénes somos?, ¿qué tipo de mestizos queremos ser?, ¿a quiénes se olvidó detrás de tanta sangre?

La novela tiene además apartados en los que el autor habla en primera persona sobre el proceso de la escritura desde un café bogotano en el que los meseros, los solitarios y las tardes cálidas se dejan husmear en una prosa muy dudosa a fuerza de su cercanía a la poesía. Debo confesar que me costó un poco de esfuerzo entrar en la historia, dejarme caer en los acontecimientos, precisamente por estos momentos poéticos que me hacían pensar más en las imágenes que evocan, que en lo que sucede en la historia. Sin embargo, poco a poco, fui comprendiendo, sobre todo, dejándome conmover por esa observación atenta y detallada del mundo que transita de un tiempo a otro, que se “unta de caminos” y que abraza con la mirada.

Ayer terminará mañana es una apuesta por reconstruir creativamente la historia de la Conquista, por mostrar sin juzgar toda la crueldad que costaron el idioma, la religión, la civilización, y todas las bondades que durante tanto tiempo se han atribuido a los españoles; asimismo, es una dignificación de los indígenas, que son contados como seres humanos con motivaciones, deseos, gustos estéticos, tan parecidos a uno. Es por esto que la novela trasciende la humillación histórica de los pueblos aborígenes, que han merecido pocas reconstrucciones de este tipo en el arte, pues con dificultad han dejado de tener un carácter de objeto antropológico o de no humanos.

En diez capítulos, numerados con nuestros conocidos caracteres arábigos y también con los números del Muysccubun,  se camina por el Peñón del Sutatausa, se observan mariposas de varios colores, se trepan árboles, se suda, se sangra y se vive como si el ayer fuera este mismo presente que nos convoca a la lectura.

 

 

Sobre MUBI: la deliciosa colonización cultural o un negocio mal planteado

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Desde hace algunos años venía codiciando una suscripción a MUBI, una plataforma de visionado de películas por Internet que le apuesta al cine clásico, al documental, a los cortometrajes y a las películas independientes contemporáneas de geografías diversas. Sus boletines semanales me coqueteaban sin tregua, sin embargo, mi capacidad crediticia me impidió caer en sus brazos. Hace algunos días, gracias a un aporte en crowdfunding que realicé (porque por fortuna esos sí se pueden hacer con tarjeta débito), me “gané” una suscripción gratis por treinta días a ese paraíso de la cinefilia y la independencia. Dejé pasar meticulosamente los días para formalizar la suscripción hasta llegar a uno en el que pudiera descualquierarme viendo películas. Pensaba en ese momento con emoción infantil y se me escapaba un suspiro profundo.

Como todo lo esperado, ese día llegó. Ingresé con una precisión ansiosa a la página y empecé a completar la información. Todo marchaba según mis sueños hasta que apareció la misma solicitud mezquina que me había impedido disfrutar antes de los cortometrajes de las últimas ediciones de Cannes: “Ingrese el número de su tarjeta de crédito”. Primera decepción, el estímulo del crowdfunding no era otra cosa que una promesa de venta para la plataforma, en realidad no me había ganado nada, se trataba de los mismos treinta días gratis que me hubieran dado en cualquier otro momento si contara con una tarjeta de crédito. Estuve a punto de cerrar la página y quejarme incansablemente un buen rato. Pero un cómplice con tarjeta plateada  y contagiado de curiosidad me abrazó en mi desconsuelo.

Finalmente ingresé. Los fotogramas de cada película abrían universos maravillosos por descubrir, ciencia ficción rusa, documentales de DokLeipzig, un documental sobre cirqueros vagabundos de Estados Unidos, un largometraje brasilero animado sobre viajes en el tiempo, nombres de realizadores desconocidos por doquier… Un catálogo que cumplía con mis expectativas, acompañado de sinopsis concretas y bellas (un punto menos para Netflix). En esta primera exploración rápidamente comprendí que las películas solo podían visionarse durante ciertos días, pues en cada una se anunciaba “9 días para ver, 18 días para ver”, etc.  MUBI es como una sala de cine por Internet que cuenta con una cartelera que se renueva cada treinta días. Las películas no están disponibles para siempre en ella, sino que modelan sus hermosos fotogramas durante un mes y luego se van. Así que, como los ríos de Heráclito, uno nunca se baña de cine en el mismo MUBI. Esto me pareció lúdico, a veces tener todo ilimitadamente conlleva una inminente desvalorización. Sin embargo, una de las consecuencias de este hecho fue mi segunda decepción: el catálogo de festivales no está disponible para ver, solo se pueden ver las películas que tengan el fuero de estar en cartelera. Las demás sólo provocan con sus sinopsis, muchos títulos en el “catálogo” de antojos de MUBI.

A pesar de estas revelaciones, la emoción no desapareció, abracé con gusto la idea de ver las películas que me habían llamado la atención antes de que su vigencia caducara. El plan, por supuesto, debía empezar con la película a la que le quedaran menos días: The apprentice (6 días para ver). Quería verla por el fotograma de un joven que tiene los ojos cerrados, la boca abierta, con audífonos, en actitud de cantar rock and roll, apretando un palo de escoba y rodeado de vacas, junto a la irresistible categoría “no ficción” que menciona dos veces la sinopsis. Entonces, definitivamente mi primera película en MUBI sería una de no ficción francesa. Ver. A pocos segundos de empezar, llegó mi tercera, y esta sí gran decepción, la película no tenía subtítulos en español. Al principio pensé que se trataba de un error de reproducción, que mi red estaba fallando y que por eso no cargaba completo el menú. Actualicé la página, busqué en las demás películas y ¡era cierto!, ninguna tenía subtítulos en español. Ahí sí, “¿para qué zapatos si no hay casa?”. También exploré las preguntas frecuentes y hasta busqué en Google tutoriales para “sacar los subtítulos en español de MUBI”. Pero solo apareció una (otra) mezquina respuesta de la plataforma, en inglés, por supuesto.

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Currently, MUBI no cuenta con subtítulos en español para casi ninguna película de habla no hispana, aunque venda sin problemas de traducción sus suscripciones en Latinoamérica. Solo algunas películas que han tenido una circulación amplia y previa en países que hablan español cuentan con subtítulos, es decir, películas que ya han pasado por las carteleras tradicionales (“que uno ya vio”). Tuve dos interpretaciones de esta cruda realidad, en primer lugar, hay que aprender inglés porque es el latín de nuestros tiempos, debemos aceptar la colonización cultural y asumir nuestro idioma como de segunda mano, porque para lo importante se habla inglés. Por otro lado, sin embargo, me indigna profundamente que esta plataforma simplemente no ofrece lo que vende, pues para un hablante de español que paga por ver las películas que ellos ofrecen no es posible verlas pues no cuentan con las herramientas básicas para esto. Se trata de un negocio de entretenimiento no de un curso forzado de inglés. Por eso, aunque sean tan atractivos son un mal negocio, sobre todo, uno truculento que no es claro con sus clientes del Tercer Mundo.

Pero no todo es tan malo, la cinefilia supera cualquier obstáculo. Terminé explorando con gusto las películas latinoamericanas y los “clásicos” que ya contaban con subtítulos en español. Lo que trajo a esa noche llena de emociones La cuerda floja (2009)  de Nuria Ibáñez y Las playas de Agnès (2008) de Agnès Varda.  Pero de estos bellos documentales espero poder escribir después. La experiencia con MUBI fue vertiginosa, pasé de una emoción ciega a una perspectiva crítica de su servicio. No obstante, completaré mis treinta días y liberaré la tarjeta plateada de ese negocio confuso. Tal vez, cuando yo tenga tarjeta de crédito, MUBI tendrá subtítulos en español en todas sus películas y, entonces, volveré a dejarme seducir.

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Geronimo de Tony Gatlif

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Aires gitanos, turcos y españoles, democracia francesa en sincera decadencia, infancia, hormonas, adrenalina y desconcierto. Geronimo  es la historia de un amor imposible que desencadena, al mejor estilo Capuleto y Montesco, una guerra familiar entre un clan turco y un clan gitano en un vecindario marginal de Francia. No obstante, este drama amoroso no es un melodrama, sino un retrato de la dificultad de decidir por el propio destino en una sociedad marcada por los dogmas y la desigualdad:  el poder abrumador del contexto. Además, da cuenta de la profundidad del asunto de la inmigración en Europa y los límites étnicos que se establecen aun en medio de una proclamación de libertad y tolerancia (que cada vez más se muestra como un eufemismo político). En la mitad de este conflicto se encuentra Geronimo.

Geronimo es una mujer catalana que comparte en aquel vecindario entre turcos y gitanos todas las delicias del  flamenco electrónico, la guitarra española y los bailes frenéticos, pero que también lucha por ofrecerle a los jóvenes lo mejor de la cultura occidental: una experiencia de vida sensible al arte y a los demás seres humanos. Geronimo dedica tiempo, atención y cuidado a jóvenes que carecen de eso en un contexto violento y criminal, que se siente al borde del colapso permanente. La pobreza es la distopía permanente de una sociedad que no necesita más futuro para decaer.

Este drama se zapatea a ritmo flamenco, mientras se llora y se bebe las lágrimas para recordar lo amargos que somos los seres humanos.